Cuando alguno de nuestros atletas llega lejos, los boricuas somos los primeros en celebrar lo grande que somos y lo mucho que logramos a pesar de lo pequeña que es la isla. Cuando Tito era el rey del boxeo no había nadie que supiera más del deporte ni de Miss Universe que un Puertorriqueño. Cuando nuestra selección nacional de baloncesto llega a jugar, somos los primeros en decir que Manolo necesita ajustar esto, Julio Toro tiene que hacer esto otro, Paco Olmos no sirve, o qué bueno que tenemos ahora a Eddie Casiano. En la pelota nos damos en el pecho por haber producido al mejor jugador de todos los tiempos en Roberto Clemente y al mejor cátcher en Iván Rodríguez. Hasta en el tennis somos los expertos desde que Pica Power llegó a las finales olímpicas.

Pero nuestra memoria colectiva no es la mejor. Nuestros atletas del pasado, cuando dejan de poner a sonar la Borinqueña, poco a poco se pierden en el olvido. Si llamo a mi primo de 16 años y le pregunto quien es Teo Cruz, Quijote Morales, Pachín Vicens, o Hiram Bithorn. ¿Acaso sabrá mencionarme boxeadores boricuas fuera de Miguel Cotto? ¿Reconocerá el nombre Piculín Ortíz o Ramón Ramos? De seguro sabrá quién es Jose Juan Barea, Mónica Puig y Javier Culson, pero, ¿sabrá quién es Jaime Frontera de su natal Mayagüez? Si hacemos un sondeo de los atletas reconocidos, ¿podrá la gente decirnos porqué fueron los mejores en su deporte o porqué son grandes en Puerto Rico?

Seamos sinceros, la realidad es que no. Emilio E. Huyke tenía razón cuando escribió el poema La futura estrella. Al final del poema se encuentra la siguiente estrofa que recolecta la realidad del atleta boricua:

No quiero que sea atleta el hijo que me ha nacido, que no conozca la gloria si le han de pagar con olvido cuando su pelo esté blanco y sus músculos dormidos.

Este poema fue utilizado por ESPN en un especial 30 for 30 donde cubrieron la caída de Piculín a las drogas. Tremendo especial, pero la pregunta que quedó sin respuesta fue que, si el pueblo puertorriqueño perdonaría a uno de sus más grandes atletas. La realidad es que el castigo que sufrió Piculín fue más allá de simplemente no perdonarlo, sino que fue relegado al destino de todo atleta puertorriqueño: fue sentenciado al purgatorio del olvido. Ni se ama ni se odia a Piculín, simplemente no se recuerda o se celebra. El puertorriqueño no sabe su propia historia deportiva, olvidándose de grandes atletas que pusieron a Puerto Rico en el mapa. El boricua común y corriente no puede nombrar las hazañas de Roberto Clemente en el diamante, los triunfos de un Pachín Vicens, porqué nuestro parque de pelota principal lleva el nombre de Hiram Bithorn, cuántos campeonatos ganó Tito, o tan siquiera nombrar los cinco miembros del equipo que derrotó al Dream Team en las olimpiadas del 2004. Como cultura y país, nosotros deshonramos a nuestros atletas olvidándonos de la gloria que nos dieron y de lo grande que hicieron sentir a una isla. Pero a la vez que llega otro atleta al reconocimiento internacional, rápido nuestros pechos se inflan y nuestro conocimiento se convierte en el mejor del mundo. No se puede solo estar en las buenas, en las malas es cuando tu sabes quienes son tus amigos y familiares de verdad. Como pueblo, somos de lo peor ya que ni recordamos o celebramos aquellas personas que le dan nombre a nuestras facilidades deportivas. En un esfuerzo por cambiar esta cultura hipócrita, ya que no hay otra palabra que la describa, MAS+ Deportes y este servidor les traerán un especial mensual para recordar a aquellos atletas que hemos celebrado su gloria, pero hemos condenado al purgatorio.